Violencia, miedo y desencanto
Alejandro
Encinas Rodríguez
El
Universal
9 de enero de 2018
Mal
y de malas comienza el año y peor aún arranca el proceso electoral en donde por
primera vez en la historia, junto con la elección del presidente de la
República y los integrantes del Congreso de la Unión, concurrirán las
elecciones locales en 30 entidades federativas, y se elegirán ocho
gobernadores, un jefe de Gobierno, 972 diputados a Congresos locales, mil 5 mil
987 ayuntamientos y 16 alcaldías en la Ciudad de México.
La
descomposición política y la violencia que flagelan al país han permeado al
proceso electoral. Al igual que al inicio de 2017, en el preámbulo de las
elecciones del Edomex, grupos delictivos en la Zona Metropolitana del Valle de
México saquean tiendas de conveniencia o autoservicio, sin que la autoridad
esclarezca y castigue a los promotores de estos actos vandálicos, alentando una
percepción de miedo.
Alarma
el número de homicidios de candidatos, alcaldes, dirigentes, activistas y
periodistas. Incluso, en la capital del país, tuvieron lugar hechos sin
precedente, que no deben quedar impunes: funcionarios públicos encabezan a
grupos de golpeadores para sabotear actos de proselitismo de la precandidata a
jefa de Gobierno por Morena en Coyoacán.
La
impunidad sienta sus laureles, como sucede ante la evidencia de la
triangulación ilícita de recursos a las campañas del PRI, incluida la elección
de 2012, mediante sobornos a empresas a cambio de contratos de obras públicas,
como se ha acreditado en Chihuahua, donde se desviaron 246 millones de pesos
del erario y, tras la detención del operador financiero del cartel
gubernamental, Alejandro Gutiérrez, la SHCP, lejos de ir a fondo en la
investigación, busca someter al gobierno estatal reteniendo sus participaciones
federales.
En
este escenario no se puede desestimar el impulso decidido del gobierno federal
a la Ley de Seguridad Interior, la que otorga facultades al Ejecutivo federal
para disponer de las Fuerzas Armadas cuando a su juicio considere necesario
emitir una declaratoria de riesgo a la seguridad interior, que no es otra que
la seguridad del Estado, no de las personas, para usarla como un instrumento
para contener, no al crimen, sino a un eventual conflicto poselectoral.
Ante
ello, como ha sido una práctica recurrente, las autoridades promueven pactos de
civilidad o protocolos electorales con los partidos contendientes que, como lo
han demostrado experiencias anteriores, se convierten en una farsa. Bastaría
con que el gobierno federal, los gobiernos locales y las autoridades
electorales, cumplan con su obligación para garantizar el desarrollo del
proceso electoral; que los partidos y sus candidatos cumplan con la ley, y se
castigue con firmeza a quien la viole para tener elecciones limpias. Si ello no
sucede, todo los demás sólo es simulación.
En
abono a este panorama, prevalece un profundo desencanto en la mayor parte de la
población, en particular en los seis millones de jóvenes que por primera vez
podrán votar, quienes no tienen confianza en la clase política ni en los
partidos ni en las instituciones electorales, lo que paradójicamente puede
traducirse en un factor disuasivo para alcanzar un cambio de régimen en este
país.
Por
lo que los electores debemos asumir la necesidad de traducir este desencanto en
una insurgencia cívica. Exijamos a los órganos electorales que actúen con
autonomía y garanticen elecciones libres, legales y auténticas. Que se impida
el desvío de recursos públicos, la compra del voto y un fraude que conduciría
al descarrilamiento del país.
Sin
ello, difícilmente se edificará una mayoría para sacar del gobierno a quienes
han corrompido la vida pública del país, hundido en la pobreza e incertidumbre
a la mayoría de los mexicanos, y transformar el régimen político para abrir una
senda de desarrollo democrático, si la sociedad no se organiza y sale a votar.
Al
mismo tiempo, la autoridad y los partidos deben asumir que no es posible
garantizar elecciones libres, si no existe un clima de paz y de una competencia
fundada en la tolerancia, por lo que es imprescindible dejar de lado el odio y
el encono. Es tiempo de competir con legalidad y equidad, para superar nuestras
dificultades, no de proteger a delincuentes.
Senador de la República


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