El presidente camina desnudo
Alejandro
Encinas Rodríguez
El
Universal
26 de diciembre de 2017
De
nada sirvieron los múltiples llamados y exhortos de la comunidad nacional e
internacional, en particular de las organizaciones defensoras de derechos
humanos, para no aprobar la Ley de Seguridad Interior. Finalmente, el
presidente Enrique Peña Nieto la promulgó y entró en vigor.
Esta
controvertida ley, aprobada por la mayoría priísta y sus aliados en el Congreso,
permitirá a las Fuerzas Armadas intervenir en las tareas de seguridad pública,
mismas que, conforme a nuestra Constitución Política, están reservadas a la
autoridad civil.
La
ley, insistimos, es inconstitucional, socava derechos y libertades; confunde
los conceptos de seguridad nacional y seguridad interior, para preservar la
razón de Estado, no la de los ciudadanos. Somete a la población civil a la
autoridad militar; invade el derecho a la privacidad, y vulnera la protección
de datos personales; viola el derecho a la información; subordina la autoridad
civil al mando militar, al establecer la Declaratoria de Protección a la
Seguridad Interior. Convierte la excepción en ley, y entrega el control
político y el mando territorial a las Fuerzas Armadas.
El
debate parlamentario se convirtió en un monólogo. La sordera oficial pretendió
reducir la discusión, entre quienes estaban a favor o en contra de las Fuerzas
Armadas, cuando en realidad, el debate se centró entre quienes queremos que se
respete a las Fuerzas Armadas, y quienes quieren que les tengamos miedo.
Siguiendo el viejo consejo de Maquiavelo al Príncipe: es preferible que te
teman a que te amen.
Durante
el debate insistimos en que las Fuerzas Armadas deben apegarse al mandato
constitucional sin invadir las competencias de la autoridad civil y que, cuando
por una situación de excepción realicen labores distintas, estén sujetos a
controles parlamentarios y rindan cuentas de su desempeño en las tareas
realizadas en el combate a la delincuencia organizada; los problemas que
representa el relajamiento de la disciplina militar; el número de deserciones
registradas y el de elementos de las fuerzas especiales que se han incorporado
a los grupos delictivos; los problemas de corrupción y penetración de las
organizaciones criminales en mandos y tropas. Las violaciones de los derechos
humanos en que han incurrido algunos de sus elementos y las sanciones que se
les han impuesto, estableciendo facultades y competencias reales de control
parlamentario.
También
resultó maniqueo al pretender simplificar el debate entre quienes quieren
resolver los problemas de inseguridad y violencia, y quienes no. Todos queremos
recuperar la paz que nos robó el mal gobierno y la delincuencia organizada. La
pregunta es si la militarización de las tareas de seguridad pública lo va a
resolver. Los resultados alcanzados demuestran que no. Durante los primeros
cinco años de este gobierno se han cometido cerca de 96 mil homicidios, tres
mil más que los registrados en los seis años del gobierno anterior. 2017 será
el año más violento de las últimas décadas.
La
militarización de las tareas de seguridad pública fracasó, como ha fracasado el
Estado mexicano, lo que obliga a replantear la estrategia en su conjunto.
Algo
anda mal en el gobierno, cuando la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 25
comisiones estatales de derechos humanos, la Comisión Interamericana para los
Derechos Humanos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, Amnistía Internacional, los rectores de la UNAM, de la Universidad de
Guadalajara y la Universidad Iberoamericana; el Premio Nacional de Derechos
Humanos, la galardonada con la medalla Belisario Domínguez, decenas de
organizaciones defensoras de derechos humanos en el país, académicos,
trabajadores de la cultura e intelectuales se han expresado rotundamente en
contra de esta ley.
Parafraseando
la fábula que relata cómo el rey camina desnudo entre sus súbditos porque, en
su soberbia infinita, los sastres más afamados del reino le confeccionaron un
traje invisible que sólo los tontos no lo pueden ver. Aquí todos le dicen al
soberano que camina desnudo, pero éste no oye, no escucha, no le importa la
inconformidad generalizada.
El
Presidente ha eludido su responsabilidad al señalar que será la Suprema Corte
la que resuelva sobre la constitucionalidad de esta ley. Esperemos que las
acciones de inconstitucionalidad que están obligados a promover la CNDH, el
Inai, el INE y los legisladores opositores, sustituyan, en la Corte, la
capacidad de veto presidencial.
Senador de la República


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